Diálogo y sabiduría II

En mi última contribución, hablé acerca de las bases para el diálogo y, concretamente, sobre el silencio y cómo es esencial para comenzar a dialogar. El silencio es la base sobre la cual se construye un diálogo. En esta contribución, hablaré acerca de la forma en la que debemos analizar ideas de nuestro interlocutor, sosteniendo un diálogo primero con nuestra propia razón, antes de responder o hablar a la persona con quien hablamos. Durante un debate, normalmente hay dos partes y ambas defienden posturas distintas. El objetivo de ambas partes es demostrar que la postura del contrincante es errónea o al menos débil. Los debates son útiles para investigar y explorar acciones divergentes o contrarias. En el campo de la política esto es sumamente útil, ya que cuando dos oponentes políticos debaten el público puede explorar las propuestas de dos candidatos antes de votar. El debate, por lo general, también posee un espíritu competitivo, donde un punto de vista debe “ganar” a otro. Sin embargo, el diálogo no es un debate, ya que en el diálogo el objetivo no es exclusivamente demostrar cuál es el mejor camino para tomar en una disyuntiva, sino el diálogo es establecer vínculos de hermandad entre dos o más partes. Aquí digo partes porque no necesariamente se trata de entablar vínculos con otra persona: puede también tratarse de establecer un vínculo más profundo con uno mismo. Por eso dice San Agustín:

Andando yo largo tiempo ocupado en muchos y diversos problemas, y tratando con empeño durante muchos días de conocerme a mí mismo, lo que debo hacer y qué he de evitar, de improviso vínome una voz, no sé si de mí mismo o de otro, desde fuera o dentro

San Agustín, Soliloquios

San Agustín habla consigo mismo, precisamente para conocerse a sí mismo y razonar qué debe hacer con su vida y cómo tomar decisiones.

Como dice San Agustín, durante el diálogo interno intentamos conocernos a nosotros mismos, lo que debemos hacer y qué evitar. Para llegar a conclusiones acerca de estos tres interrogantes, hacemos tres preguntas concretas, que nos permitirán encontrar la verdad:

  1. El argumento que estoy planteando, ¿es probable o se puede ser demostrada su certeza? 
  2. La certeza del argumento demostrativo, ¿es de tipo psicológica? ¿O existe otro tipo de certeza para este argumento?
  3. ¿Es la demostración empírica la única posible? ¿Existe otro tipo de demostración?

El fin último del diálogo interno es buscar la verdad y determinar los valores y principios que orienten nuestro actuar en el mundo. Es por eso que debemos estar profundamente comprometidos con entablar este diálogo constantemente. Pero solo podemos actuar si creemos que estamos en posesión de la verdad. Al llegar a la verdad a través del diálogo empieza la verdadera vida ética y la vida más satisfactoria para todo ser humano: la vida interna, la vida de las profundidades del ser persona humana. 

Introducción a la paz I

Mucho hay que decir acerca del rol de la ciencia hoy en nuestras sociedades porque ha llegado a usurpar de forma infundada al diálogo y al servicio de la humanidad en general. No debe ser el hecho que prefiramos a ciertas ideas por encima del bienestar de otras personas: debemos recordar que el sistema político o científico imperante debe estar al servicio de las personas y no al revés. Pero hoy día es difícil encontrar a quienes están dispuestos a dialogar y no buscar soluciones en sistemas que, bajo sus burdas intelectualizaciones, lo que realmente esconden es su capacidad de aplastar a nuestros hermanos débiles y pobres. No voy aquí a criticar a sistemas concretos sino que me limitaré a exponer a las ideas que nos permiten comprender cómo pensar mejor y, como consecuencia, dialogar mejor y tratar al prójimo como a un fin en sí mismo y no como un medio. 

El diálogo hoy está perdido porque hemos dejado de educarnos y en los centros educativos nos enseñan a que tener razón es lo deseable, no a escuchar, dialogar y hacer preguntas. Además, estamos absortos por la actividad frenética a diario: desde pequeños vamos al colegio, hacemos tareas, vamos a clases de ballet o de karate o lo que sea, cenamos, dormimos y repetimos. Cuando no es así, el ocio lo gastamos en centros comerciales o restaurantes, gastando pero paradójicamente intentando no ser arrastrados por la corriente del crédito excesivo. Pero esto, en el día a día, socava nuestra posibilidad de tener un encuentro auténtico con los demás.

Debemos recuperar la capacidad de dialogar, porque el diálogo es lo que nos distingue de las bestias y lo inánime; es la expresión externa de que somos racionales, la data empírica que verifica que el otro es real. Pero para dialogar debemos descubrir primero nuestro propio ser, y esto sucede solamente en el silencio y con una dura y honda honestidad.

Si la primicia para el diálogo es el silencio, ¿qué entendemos como silencio y cómo lo logramos? El silencio no es callar simplemente. Además, seguramente todos hemos experimentado alguna vez el intento de entrar en silencio y nos damos cuenta de que la mente no calla: escuchamos una voz incesante que está planificando, calculando, recordando pendientes o resucitando memorias. Cuando intentamos por primera vez el ejercicio de entrar en silencio, nos damos cuenta de que es casi imposible y que la mente parece temer muchísimo el silencio. Pero es posible y necesario. El silencio no es, entonces, simplemente callar o cerrar los labios. El silencio es obtener una quietud o paz interior, es la ausencia de querer hacerle caso a todos los impulsos que pasan por la mente.

Muchas son las historias que nos encontramos cotidianamente acerca del silencio. Vemos que en oriente, algunos monjes toman votos de silencio. Hoy también es cada vez más reconocida la meditación, conocida como mindfulness, que nos enseña a entrar en silencio para poder alcanzar la paz. Y es que la paz y la felicidad están íntimamente ligadas. Pero para lograr el silencio, debemos tener mucha honestidad con nosotros mismos y buscar vivir una vida examinada. Por eso decía Sócrates que: 

el mayor bien del hombre es hablar de la virtud todos los días de su vida y conversar sobre todas las demás cosas que han sido objeto de mis discursos, ya sea examinándome a mí mismo, ya examinando a los demás, porque una vida sin examen no es vida

Platón, Apología de Sócrates 38a5-6

Si de verdad nos conocemos a nosotros mismos, seremos capaces de encontrar el silencio, de ver que nuestros pensamientos no son equivalentes a nuestro ser y a nuestra voluntad. Una vez alcancemos el silencio, podremos entrar en diálogo verdadero, porque reconoceremos lo que es una persona y sabremos identificarla en el otro. No en vano dice Jesús en el evangelio:  

Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Universidad de Navarra. Santos Evangelios (Spanish Edition) (Kindle Location 3807). Kindle Edition.

Porque es imposible amar al prójimo si uno no se ama a uno mismo, y no puede amarse lo que no se conoce.

Sócrates y la muerte

Todos deseamos, de alguna manera, actuar según la verdad porque creemos que eso nos da paz: el estar tranquilos con las decisiones que tomamos. Por eso es que hay quienes dicen que, en el fondo, todos somos filósofos: porque amamos la sabiduría y se le considera sabio al que obra según la verdad. Sócrates creía tan firmemente en esto que estuvo dispuesto a morir por actuar según sus convicciones. Para quien busca enamorarse de la verdad como Sócrates, y alcanzar la sabiduría, conviene prestar atención a un consejo que él da a sus seguidores. Justo antes de morir, Sócrates sorprende a sus amigos diciendo que los verdaderos filósofos “no practican otra cosa que el morir y estar muertos” (64a), y les aconseja que sean filósofos y le sigan lo antes posible.

¿A qué se debe semejante declaración? ¿Por qué querría un filósofo morir? Por sorprendente que sea este enunciado, es tal vez más sorprendente aún lo que significa para Sócrates y lo útil que puede ser para nosotros en pleno siglo XXI su consejo.

Los discípulos de Sócrates habían quedado igualmente perplejos por esta declaración y le piden que aclare su idea. Sócrates, entonces, arranca con su discurso: “¿Creemos que es algo la muerte? […] ¿Y que no es otra cosa que la separación del alma y del cuerpo?” (64c). Sócrates afirma que la separación del alma y del cuerpo es la muerte, pero va más allá: para poder adquirir la sabiduría, es necesario que el filósofo se separe lo más posible del cuerpo. El cuerpo, dice Sócrates, es la fuente de todas las distracciones que arrastran a la mente y la distraen de lo que realmente importa. Según Sócrates,

después de todas estas consideraciones, por necesidad se forma en los que son genuinamente filósofos una creencia tal, que les hace decirse mutuamente algo así como esto: ‘[…] mientras tengamos el cuerpo y esté nuestra alma mezclada con semejante mal, jamás alcanzaremos de manera suficiente lo que deseamos. Y decimos que lo que deseamos es la verdad. En efecto, son un sinfín las preocupaciones que nos procura el cuerpo por culpa de su necesaria alimentación; y encima, si nos ataca alguna enfermedad, nos impide la caza de la verdad. Nos llena de amores, de deseos, de temores, de imágenes de todas clases, de un montón de naderías, de tal manera que, como se dice, por culpa suya no nos es posible tener nunca un pensamiento sensato. Guerras, revoluciones y luchas nadie las causa, sino el cuerpo y sus deseos, pues es por la adquisición de riquezas por lo que se originan todas las guerras, y a adquirir riquezas nos vemos obligados por el cuerpo, porque somos esclavos de sus cuidados; y de ahí, que por todas estas causas no tengamos tiempo para dedicarlo a la filosofía.

Fedón 66b-d

En resumen, los filósofos evitan enredarse mucho con los deseos del cuerpo porque esos deseos les causan guerras, tanto internas como, llevadas al extremo, externas. Por eso, para quienes desean lo mejor que puede desear una persona (y convertirse así en filósofos), lo mejor que pueden hacer es buscar la verdad intentando desligarse de lo que el cuerpo y el mundo material ofrecen. En otras palabras, lo que el mundo ofrece es: honor, riquezas y poder. Aclaro, sin embargo, que estas cosas no son malas en sí mismas, sino solo cuando nos distraen de lo que realmente importa: la sabiduría. Por eso deben estar subyugadas a la sabiduría y servirle, no esclavizar al alma de la persona.

Si seguimos el consejo de Sócrates, entonces, podemos concluir que la verdad se encuentra buscando lo mejor de nosotros mismos en cada ámbito de nuestras vidas. Para simplificar esta idea, podemos separar los ámbitos de la vida de una persona en cuatro: espiritual, intelectual, físico y social. Cada uno de esos ámbitos tiene su forma de funcionar, su verdad, y en la medida en la que logramos encontrar esa forma de funcionar de cada una de esas áreas, seremos más sabios y obtendremos la paz. En ello es en lo que se empeña un verdadero filósofo.

¿Qué es una buena educación?

¿Qué pasaría si nos dieran carta blanca para diseñar nuestra educación desde el inicio? ¿Cómo sería un proceso educativo perfecto?

Seguramente hemos intentado responder a estas preguntas alguna vez en nuestras vidas, por el motivo que sea.

Hace treinta años, esa pregunta se hubiera podido discutir de muchas maneras, pero la ciencia no habría podido ayudarnos mucho. La realidad, es que la ciencia no tenía mucho que decirnos acerca de cómo aprendemos. ¿Cómo funciona la memoria? ¿Nacemos con talento? ¿Cómo es que algunos desarrollan talentos extraordinarios? ¿Qué sucede en el cerebro cuando aprendemos? Estas preguntas eran aún un misterio profundo para la ciencia. Pero gracias a los estudios de Anders Ericsson y muchos otros científicos, hemos podido descubrir respuestas a estas preguntas.

Podemos decir que el propósito de una educación es que la persona que se educa, el alumno, se convierta experto o, al menos, adquiera destrezas básicas, en una materia. En un aula o ambiente donde se pretende que un alumno adquiera destrezas, las actividades y los procesos deben estar orientados hacia ese fin: que un alumno aprenda. Y esto es posible ahora, gracias a los avances en la psicología y la neurociencia.

Pretendo hacer un pequeño esbozo de las ideas de Ericsson para que el lector pueda comprender los pasos que sigue una persona para adquirir una destreza. En otro ensayo quisiera explorar cómo este proceso puede ser incluido en las aulas de las universidades.

Ericsson describe dos tipos de práctica, en su libro: Peak: Secrets From the New Science of Expertise: la práctica deliberada y la práctica con propósito. La primera es la forma definitiva para convertirse en experto en una materia. Sin embargo, esta forma de practicar no puede utilizarse en el aula, pues la práctica deliberada requiere dos criterios. En palabras de Ericsson:

requiere de un campo que ya está razonablemente desarrollado—es decir, un campo en el cual los mejores han atenido un nivel de desempeño que claramente los separa de la gente que acaba de entrar el campo […] ¿Qué áreas no califican? Todo lo aquello en lo que hay poca o nula competencia directa, así como la jardinería y otros hobbies, por ejemplo, y muchos de los trabajos en el ámbito laboral de hoy—gerente de negocios, profesor, electricista, ingeniero, consultor, y así. Estas no son áreas donde probablemente encontrarás conocimiento acumulado acerca de la práctica deliberada, simplemente porque no hay criterios objetivos para el desempeño superior.[1]

La segunda es una forma menos rigurosa que la primera, pero es la que podremos aplicar en las aulas de las universidades y los colegios.

Ericsson define seis pasos para una Práctica con propósito efectiva:

  1. Salir de la zona de confort: buscar hacer algo que no he hecho antes;
  2. Enfocarse: durante el tiempo que estoy intentado practicar, evitar distracciones a toda costa;
  3. Tener metas claras: definir lo que quiero lograr en un lapso determinado, que sea tangible y medible lo que quiero lograr;
  4. Un plan para llegar a estas metas: una serie de pasos ordenados que voy a seguir para llegar a esa meta;
  5. Una forma de monitorear el proceso (un mentor o profesor): saber si estoy usando los mejores medios para llegar a la meta;
  6. Motivación: buscar un medio para seguir motivado, a pesar de las dificultades.

Estos seis pasos garantizan que la persona que se proponga aprender una destreza podrá hacerlo. Si nos ponemos a analizar todas las experiencias exitosas de aprendizaje que hayamos tenido en nuestras vidas, probablemente siguen un patrón muy similar a este. El seguimiento de este patrón nos permite crear lo que Ericsson denomina “mental representations.” Esta frase puede traducirse más o menos como “representaciones mentales.” Una representación mental es lo que el cerebro crea para guardar información de una destreza en la memora de largo plazo. En la medida en la que la representación mental va adquiriendo forma y uso, mejor es la destreza que desarrolla una persona. Por eso, la representación mental que tiene un experto en ajedrez de las movidas que debe hacer para ganar es mucho mejor que la que tiene un principiante.

Estas representaciones mentales son un resumen de ideas que vamos adquiriendo durante la práctica. Son la suma de todos los aprendizajes que hemos ido formando acerca de una actividad. Es por eso que la Práctica con propósito busca que vayamos formando mejores representaciones mentales y podemos utilizarla en el aula para tener mejores resultados.

Ericsson nos ayuda a comprender los avances en la ciencia del aprendizaje a través de su libro. Gracias a estos estudios podemos acercarnos a la tarea de aprender de una forma más acertada, aprovechando mejor el tiempo y diseñando mejor nuestras actividades.

[1] Anders Ericsson and Robert Pool, Peak: Secrets from the New Science of Expertise(New York: Houghton Mifflin Harcourt Publishing Company, 2016)

Cómo seguir tu pasión

Muchos de nosotros queremos encontrar lo que nos apasiona para dedicarnos a eso. Los consejos para la vida profesional que más escuchamos son más o menos como este: “sigue tu pasión y no tendrás que trabajar ningún día de tu vida”. ¿Cómo podemos lograrlo?

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La pasión es amor por algo que nos hace sentir bien, como cuando vemos un partido del mundial y nos llenamos de euforia porque nuestro equipo meitó gol o como cuando vemos a nuestro artista favorito en concierto. Pero es difícil imaginar que puedo sentirme de esa forma con el trabajo. Es difícil imaginar también que todo lo que es placentero o todo lo que le da significado a mi vida se reduce o es lo mismo que lo que me apasiona: por ejemplo, parte de lo que le da sentido a mi vida es fomentar relaciones con los miembros de mi familia, pero no podría clasificar de “apasionante” el ir a ver a mi abuelita.

En este sentido, es absurdo pensar que el trabajo me va a apasionar. Y esto es cierto: lo último que debemos usar para saber si estamos trabajando en algo que valga la pena es buscar si sentimos pasión por ello. Lo que buscamos en el trabajo es significado, sentido, no emoción. Muchas veces, sí, el sentido viene acompañado de emoción, pero no todo el tiempo ni con tanta intensidad.

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Encontrar el sentido de algo es difícil. De hecho, es imposible encontrar el sentido de la vida sin las dificultades: ellas son los escalones que nos permiten ascender a un estado de vida satisfactorio. Deberíamos aprovecharlas siempre que las tengamos para fortalecernos. Tener problemas en la vida es normal, pero lo que no es normal es encontrar gente con el ánimo y la fortaleza para aprovechar esos problemas y convertirse en una persona más fuerte. Enel trabajo, esta habilidad de convertir a los problemas en oportunidades es posiblemente la que más nos puede garantizar el éxito.

Entonces, si definimos pasión no como un sentimiento sino como seguir a un ideal, el de intentar todos los días aprovechar los problemas para hacernos mejores, entonces la pasión sí que se puede vivir. Los ideales nos permiten vivir una vida con sentido y seguir nuestra pasión. Por eso, es importante buscar educación, como la que se imparte en Michael Polanyi College, que nos permite alcanzar estos ideales.

Lo que te hace feliz :)

Descarga una versión en PDF aquí: ¿Cómo alcanzar la felicidad?

Nadie diría que es feliz si no tiene paz. La paz es la felicidad. Pero la paz no es lo que todos creemos. Muchos creen que la paz es la ausencia de problemas, la armonía completa entre nuestros deseos y la realidad. Pero esto no es así. La paz se asemeja más a una montaña que puede ser sacudida por terremotos o abofeteada por las tormentas, pero sus cimientos permanecen sin perturbarse. La paz no es la ausencia de los problemas, sino que tener los cimientos de nuestra vida arraigados de tal forma que no puedan tumbarse ante los infortunios de la vida.

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Pero la paz, entonces, es un efecto, o un resultado de ciertas acciones y disposiciones interiores de la persona. En este ensayo veremos primero que los seres humanos estamos orientados a vivir con significado, orientados hacia un fin, luego veremos cómo solo puede lograrse eso a través de la responsabilidad, cómo esta nos permite ser libres y por último cómo nace la paz de estas condiciones.

No es nueva la idea de que los seres humanos nacimos para ser felices. Pero los filósofos antiguos estaban de acuerdo con que el único medio para ser felices es la virtud:

“el mayor bien del hombre es hablar de la virtud todos los días de su vida y conversar sobre todas las demás cosas que han sido objeto de mis discursos, ya sea examinándome a mí mismo, ya examinando a los demás, porque una vida sin examen no es vida”

-Platón, Apología de Sócrates 38a5-6

[…] decimos que la función del hombre es una cierta vida, y ésta es una actividad del alma y unas acciones razonables, y la del hombre bueno estas mismas cosas bien y hermosamente, y cada uno se realiza bien según su propia virtud; y si esto es así, resulta que el bien del hombre es una actividad del alma de acuerdo con la virtud, y si las virtudes son varias, de acuerdo con la mejor y más perfecta, y además en una vida entera

-Aristóteles, Ética nicomáquea 1098a13

“para vivir apaciblemente basta la virtud en sí misma”

-Cicerón, Sobre la adivinación, II, 2.

Pero la virtud se adquiere a través del uso correcto de la razón. Es decir, para adquirir la virtud debemos saber qué es lo que es correcto para nosotros y cómo aplicarlo a las circunstancias de nuestra vida, en el momento correcto, de la forma correcta, utilizando los medios correctos. De esta forma, podemos definir a la virtud como: utilizar el medio correcto para llegar al fin correcto en el tiempo y medida correcto. Para obtener la virtud, entonces esa capacidad de ser virtuosos debe ser educada: la razón debe ser educada. Y en esto radica el sentido existencial de la educación: solo a través de ella podemos llegar a la felicidad, que es el estado de paz, cuyos cimientos son la responsabilidad y el sentido profundo que tiene lo que hacemos en la vida.

Si la felicidad consiste en adquirir las virtudes correctas para vivir de un cierto modo, eso solo puede lograrse a través de un compromiso diario con vivir de ese modo específico. En otras palabras, la esencia de la felicidad es la responsabilidad. La vida nos plantea un reto y ese reto debe ser contestado. Nos enseña Viktor Frankl:

“Si tuviéramos que repasar rápidamente las claves que hacen que el análisis existencial reconozca la responsabilidad como la esencia de la existencia, tendríamos que comenzar por invertir la pregunta: ¿cuál es el sentido de la vida? […] es a él [al hombre] a quien se le hace esta pregunta, y a que es la vida misma quien se encarga de hacer esta pregunta. Y el hombre tiene que contestarle a la vida con una respuesta que sea su vida misma; tiene que responder siendo responsable; en otras palabras, la respuesta es necesariamente una respuesta-en-acción.” Frankl, El hombre en busca del sentido, 36

Pero, ¿responsabilidad hacia qué, exactamente?

Viktor Frankl nos dice: “Toda libertad tiene un ‘de qué’ y un ‘hacia qué’. ” (Frankl, 71). Entendemos libertad en un sentido de acción, una orientación hacia actividades ya sea de la mente, del cuerpo o del alma. Estas tres áreas de la persona, mental, corporal y espiritual, tienen una orientación existencial. Tienen, por así decirlo, un llamado hacia la perfección que corresponde a cada una. Así, podemos decir que la perfección del cuerpo es que haga bien su función: que tenga salud, que no esté impedido de forma artificial o natural, que esté fuerte y que tenga larga vida. La mente es para pensar, para expandir nuestros horizontes y entender mejor al mundo. El espíritu tiene como función la compasión y la comprensión de nuestras propias vidas; es, a saber, la parte más humana de nosotros y que nos permite darle sentido a nuestras vidas.

La responsabilidad existe en torno a esas tres áreas, en que debemos llevarlas a su propia función. Estamos delimitados por esas tres áreas y son las que nos dan contexto para existir. Sin un compromiso fuerte por llevarlas a esa perfección, no tenemos libertad porque se pierde el sentido de lo que hacemos. La responsabilidad es lo que nos permite ser totalmente libres.

Pero normalmente tenemos enemigos en nuestra educación y tenemos que formar a nuestro intelecto, a la razón, para que pueda identificarlos y luchar efectivamente contra ellos. El estar en la condición de poder hacer esta lucha le llamamos libertad también, porque es un compromiso responsable hacia llevar a nuestras vidas hacia la orientación existencial que tienen. Es por eso también que nadie está limitado a ser libre por factores externos, porque la libertad es un compromiso: es vivir responsablemente sin importar las condiciones externas.

Por eso, los antiguos habían desarrollado las artes liberales: las artes que nos llevan a estar situados en la libertad. Tradicionalmente eran siete, divididas en dos grupos: las de la mente y las del mundo. Y ese que les llamaban artes porque consistían en el proceso de transformación de sí mismos hacia seres libres. A través de las artes liberales se hacían artífices de su propia persona.

La felicidad es, pues, vivir responsablemente, comprometidos con ser libres y decidir el bien para nuestra propia persona. Es una lucha constante en contra de lo que nos tira hacia la mentira, la destrucción y la violencia. Es ahí, en el silencio interior de cada persona, en el sufrimiento qué hay por vivir los ideales que tenemos, donde está esta lucha.

Cinco pasos para derrocar a tiranos

Los tiranos se han vuelto a poner de moda. La pregunta que muchos podremos hacernos es: ¿cómo podemos impedir que haya más de ellos? Todos podemos ser parte de la solución, si seguimos estos cinco pasos.

  1. Debemos derrocar al tirano interno primero. Si no somos capaces de enfrentar nuestros propios problemas emocionales, psicológicos, profesionales, ¿por qué creemos que tendremos la fuerza para hacerlo en la vida pública? Cuando nos esforzamos por que no nos dominen nuestras emociones, por tener vidas ordenadas y por ser buenas personas, somos capaces de influir en otros y tener vidas llenas de paz. Si no tenemos paz, no podremos dársela a la sociedad en la que vivimos. El mejor bien que le podemos hacer a la sociedad es ser buenas personas, teniendo vidas ordenadas.
  2. Priorizar mis relaciones interpersonales: aquí también hay orden. Una vez he tenido que luchar contra mis demonios internos, tengo que decidirme a hacer el bien a mi prójimo. Pero, ¿quién es mi prójimo? La palabra misma nos sugiere una respuesta: “prójimo” es la persona que tengo a la par. Pues en esta vida, quienes tenemos a la par son primero nuestros padres y hermanos, luego nuestros amigos, luego con quienes trabajamos y así hasta que se acaba la red de personas que conocemos. Primero debemos hacer el bien a quienes más cercanos están a nosotros, quienes son más prójimos. Así, pues, quien abandona a su familia constantemente para ir a ayudar a pobres, abandonando sus deberes familiares, no hace un buen servicio a la sociedad.
  3. Defender al débil: una vez somos fuertes, podemos defender a quienes no se pueden valer por sí mismos de los opresores. Podemos enfrentar a un jefe que abusa de una compañera de trabajo, podemos denunciar robos que vemos, podemos intentar incluso impedir actos de violencia, a veces hasta dando la vida por los demás.
  4. Ser prudente en el uso de la violencia: muchos hemos escuchado el dicho “violencia engendra violencia;” con lo que se quiere decir: si somos excesivamente violentos solamente vamos a lograr que surja más violencia. Por eso, al tener que usar la fuerza para impedir un mal, no la usamos en exceso, sino simplemente lo suficiente para impedir que un inocente sea dañado.
  5. Enseñar a otros: finalmente, debemos compartir estos cinco pasos y enseñar a otros a ser fuertes, para que puedan combatir en sus propios ámbitos a todos los tiranos que surgen en la sociedad, desde los más insignificantes, hasta los más opresivos y poderosos.

Siguiendo estos cinco pasos, podemos construir una sociedad más pacífica, donde el respeto hacia los demás, el diálogo y la comprensión sean las vías para la paz, evitando la coerción y la violencia.

Amarse a sí mismo es bueno

¿Qué es conocer a Dios? Conocerle significa amarle. Por eso, siguiendo la meditación del pasaje de San Mateo que comenté la semana pasada, es importante conocer la relación entre los tres conceptos que presenta el pasaje: amar a Dios, amar al prójimo, amarse a uno mismo. Pongo el pasaje de nuevo:

Los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se pusieron de acuerdo, y uno de ellos, doctor de la ley, le preguntó para tentarle: — Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley? Él le respondió: —Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es como éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas.

Universidad de Navarra. Santos Evangelios (Spanish Edition) (Kindle Locations 1903-1913). EUNSA. Kindle Edition.

Hoy nos enfocaremos en amar: qué significa y qué debe tener una persona para poder amar.

En este pasaje vemos que lo más importante para una persona es amar a Dios. Nos dice el Evangelio que debe ser “con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente.” Esto presupone que la persona tiene alma, corazón y mente y que está en capacidad de usarlos. Una persona, para amar a Dios, debe tener bien su alma, corazón y mente. ¿A qué se refiere cada una de estas cosas?

  1. alma: somos seres espirituales que debemos tener conciencia de que existe una realidad que no podemos ver, tocar, ni sentir de ninguna forma. El alma tiene su origen en el mundo que no es visible ni accesible de ninguna forma a la ciencia moderna. Para tener un alma sana debemos tener fe: la virtud que, como dice San Pablo: es la prueba de las realidades que no se ven (Heb 11,1).
  2. Corazón: es la parte de nosotros que se inclina hacia los objetos o deseos; es, en otras palabras, la voluntad. Al corazón lo debemos empujar hacia Dios y esto es lo que cuesta en la lucha por evitar el mal y seguir al bien. A veces hacemos cosas que no queremos hacer, pero luchamos por ser mejores porque, como dice San Agustín: “Con todo, quiere alabarte el hombre, pequeña parte de tu creación. Tú mismo le excitas a ello, haciendo que se deleite en alabarte, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.” (Confesiones, Libro 1, Capítulo 1).Unknown
  3. Mente: es el intelecto. Dios nos hizo seres que podemos pensar y ahondar en los misterios del mundo. Dios quiere que usemos nuestra cabeza para querer más la creación, entenderla y perfeccionarla.

Si queremos amar, pues, debemos estar conscientes de que tenemos que inclinar las tres partes de nuestra persona hacia Dios, hacia hacer el bien. Pero para amar a Dios debemos cuidarnos a nosotros mismos: amarnos a nosotros mismos. Todos los días podemos dedicar dos a tres minutos para pensar si estamos ordenando nuestra persona hacia Dios y, después de una pequeña oración diciéndole que le amamos, pedirle también que nos enseñe a amarle mejor. 

¿Qué significa ser cristiano?

A veces, ser cristiano puede parecer una carga pesada: existen muchas reglas y las Escrituras no son fáciles de entender. Muchas veces intentamos acercarnos a la fe sin saber cómo y sin guía. Eso es duro, pero no tiene por qué ser así. Por eso quisiera ofrecer reflexiones diarias acerca de las Escrituras y cómo vivir mejor nuestra religión que es, en resumen, conocer a Dios en los pequeños detalles de cada día.

Comienzo hoy con uno de los pasajes más importantes en San Mateo, capítulo 22, versículos del 34-39:

Los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se pusieron de acuerdo, y uno de ellos, doctor de la ley, le preguntó para tentarle: — Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley? Él le respondió: —Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es como éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas.

Universidad de Navarra. Santos Evangelios (Spanish Edition) (Kindle Locations 1903-1913). EUNSA. Kindle Edition.

Miles de páginas se han escrito a lo largo de la historia con este pasaje, mostrando la increíble riqueza del mensaje que tiene Jesús para nosotros con su ejemplo y sus enseñanzas. Todo lo que Dios nos dice en las Escrituras se resume en tres cosas: amar a Dios, a los demás y a mí mismo.

Hoy sería un buen ejercicio pensar en que en esta vida no tengo asegurado nada más que mi propia persona: mi mente, mi cuerpo y mi alma. Si no cuido esto, que es el origen de todo lo demás que yo pueda tener en mi vida, no tendré nada y estaré sumido en la más honda pobreza.

Propósito de hoy: estaré agradecido con ser quien soy, porque es el inicio de reconocer que Dios me ama y que puedo llegar a conocerle. Como muestra de estar agradecido con quien soy, diré unas palabras a Jesús agradeciéndole de que me ha dado la vida.

¿Qué tiene que ver la educación con la democracia?

A todos nos gustan los dulces, ya sean tartaritas, canillitas de leche, camote en dulce, bolitas de miel, mazapán, colochos, nuégados… Pues una vez, yo tenía una cajita que compré con mi dinero. Me lo había ganado barriendo una tiendita que habían puesto unos parientes en una feria. Yo tenía seis años y me pagaron diez Quetzales. Yo era millonario con diez Quetzales y compré mis dulces, como cualquier persona sensata haría a los seis años. No contaba con que mis dulces fueran considerados propiedad pública y mi mamá y mis hermanos decidieran que querían disfrutar también del fruto de mis labores. No es que no compartiera, pero yo tenía planes para esos dulces: quería llevarlos al colegio y compartirlos con mis amigos. Eso no fue posible, claro, debido al desvanecimiento veloz de mi capital de dulces.En mi caso, la planificación a futuro no fue posible: si yo no podía contar con mis dulces, si yo no podía saber cuándo iba a tenerlos, no era posible tampoco planificar algo que yo quisiera hacer con ellos en el futuro. Nadie puede hacer proyectos ni hacer planes a largo plazo si no se le garantiza que en el futuro tendrá lo que ahora tiene. En una sociedad, pues, sucede lo mismo: la propiedad privada es necesaria para cualquier sociedad que quiera salir de una existencia de subsistencia porque sin planes de largo plazo no podemos imaginarnos la creación de instituciones o de grandes obras de cultura. En Guatemala, el tipo de sociedad a la que aspiramos es una donde todos pueden desarrollarse a su máximo potencial: intelectual, social, físico y espiritual. En esta sociedad, es indispensable que haya propiedad privada: el derecho que tiene cada persona al fruto de sus labores, a sus pensamientos y movimientos. El buen funcionamiento de esta sociedad, pues, depende de que se conserve al menos este principio. Hay muchas opiniones acerca de lo que significa que una democracia esté bien gobernada, pero todas las filosofías democráticas coinciden con el siguiente principio: como condición básica para una democracia, podremos afirmar que está bien gobernada si las autoridades que hemos designado usan el poder para que se respete la propiedad privada.Sin embargo, para que esto suceda, los ciudadanos deben tener ciertas cualidades que les permitan elegir bien a sus gobernantes, tratarse con respeto y vivir en sociedad. Estas cualidades son como herramientas del buen vivir y no podemos vivir bien en una sociedad si no las tenemos. Sería absurdo pedirle a un carpintero que nos fabrique un mueble sin sus herramientas. Pues de igual manera es absurdo pedirle a una persona que sea un buen ciudadano en una democracia sin las cualidades correctas y estas solamente la educación puede dárnoslas. La persona que sabe vivir en una democracia sabe: respetar a los demás, cuidar los bienes propios y ajenos, no dejarse llevar por las pasiones sino que entender antes de juzgar y sabe educarse para velar por el bien común.La mayoría de nosotros entendemos educación como la asistencia a una institución que otorga títulos. Si bien esto es cierto, no es todo: la educación es un proceso, no un título. Consiste en la formación de la razón de una persona. Podemos decir que los seres humanos son los únicos seres en este mundo que nacen sin saber lo que es bueno para ellos. Si nos perdiéramos en la selva no sabríamos por instinto qué comer o cómo orientarnos, situación con la que no se enfrentan otros animales. Pero las personas nacemos con la capacidad de razonar.¿Qué es razonar? La razón, en su definición más básica, es la capacidad que tiene una persona de identificar los diferentes objetos que le rodean en el mundo y describir lo que hace que ese objeto sea ese objeto. Es decir, la razón nos permite ver un árbol, designarle características y separarlo de una piedra. Sabemos que esta última no sirve para hacer un fuego que nos permita cocinar nuestra comida. El uso de la razón es lo que nos permite tener sociedades tan complejas y, al compartir lo que descubrimos con otros miembros de nuestra sociedad, vamos adquiriendo una razón colectiva: un cuerpo de conocimiento compartido que llamamos cultura, ciencia, artes, etc.Sin embargo, la razón, como cualquier otra capacidad, puede usarse bien o mal. Muchos hemos tenido la experiencia de observar cómo un niño se lleva a la boca objetos que no deben ingerirse o llevarse cerca de la boca. Esto sucede porque el niño, a diferencia de nosotros, no ha identificado que un objeto tiene un propósito o que se puede utilizar bien o mal. Nuestra razón tiene la capacidad de identificar cuando hacemos algo bien o mal. Pero para ello, debemos educarla. La educación es, pues, el proceso de enseñarle a la razón a identificar bien los objetos y descubrir qué es lo que hace que un objeto sea ese determinado objeto y no otro.La educación es la formación de la razón. En una sociedad democrática, la educación forma a la razón para que pueda discernir cómo vivir en sociedad y cuál es la mejor forma de proteger la propiedad privada. Esto es lo que llamamos cultura: los ciudadanos deben crear hábitos de: valor por el aprendizaje, la curiosidad intelectual, el respeto por las ideas ajenas, el cuidado del prójimo, así como dice el manifiesto de #RespetoYa:Queremos una libertad de acción para que todos los guatemaltecos podamos buscar la felicidad en una sociedad donde se respete la propiedad privada (las ideas de cada persona, los frutos de su trabajo y su capacidad de ser cada día mejor), donde se le facilite a las personas ser mejores cada día y donde puedan encontrar el apoyo necesario en las dificultades que enfrentan.Buscamos construir una sociedad donde la norma sea que todos los guatemaltecos vivimos como hermanos, buscando apoyar a nuestro prójimo: la familia, los amigos y nuestros conciudadanos.Nos comprometemos con vivir según los siguientes valores:

  • Cariño: actuamos con cortesía hacia los demás, intentamos mostrar un sincero afecto hacia las personas por ser personas, no porque nos vayan a tratar mejor o esperando algo a cambio.
  • Compromiso con la verdad: no hablar mal de los demás y entender bien la situación antes de actuar; intentamos informarnos lo mejor posible acerca de las situaciones políticas, sociales, económicas que afectan nuestro entorno.
  • Respeto: nos esforzamos por honrar a los mayores, cuidar los bienes que se nos han encargado, cuidar al medio ambiente y velar por los derechos de los demás.
  • Coraje: nos esforzamos por luchar por los derechos de los demás, proteger al débil y decir siempre la verdad aunque signifique sufrir rechazo o calumnia.

Creemos en los siguientes derechos:

  • Propiedad privada: cada quien tiene derecho al fruto de sus labores, a sus ideas y locomoción, a buscar proteger su propiedad.
  • Derecho a la vida: existe el derecho a vivir, a que no nos quiten la vida arbitrariamente.

Si tenemos una educación (un proceso, no una institución) que forme a los ciudadanos en estos valores, será la mejor garantía de que se proteja la propiedad privada y que todos podamos vivir en paz y armonía. Nunca olvidaré las palabras talladas en piedra por encima de la entrada a la biblioteca pública de Boston:The Commonwealth requires the education of the people as the safeguard of order and liberty [La Comunidad requiere la educación del pueblo como resguardo del orden y la libertad]Las personas deben creer firmemente en los valores democráticos para que la sociedad democrática se sostenga. Sin un correcto uso de la razón, los seres humanos no podemos aspirar a lo mejor de nosotros mismos. La razón se usa correctamente solamente después de un proceso educativo riguroso y que sigue a lo largo de toda la vida. Somos personas y, como tales, vivimos en sociedad. Esa sociedad debe ser el mejor ecosistema para que podamos alcanzar nuestro máximo potencial intelectual, social, espiritual y físico. Creemos que la democracia es el mejor sistema para lograr esa meta noble, pero debe ser una democracia que proteja la propiedad privada.